Opinión pública y democracia; un análisis teórico desde la ley de hierro de la oligarquía, la lógica mediática y el conflicto.
Este abordaje científico-social, pretende revisar la noción de opinión pública y democracia a partir del entramado sistema político, así como el rol de los espacios mediáticos y las posibilidades democratizadoras que se encuentran en el accionar colectivo y las movilizaciones. Como punto de partida se identificarán las dimensiones del proceso deliberativo y las posibilidades de estos espacios de debate como formas de renovación democrática y como un aporte a la vitalidad de la opinión pública (Saraud 2012), sin descuidar el papel predominante del poder político como condicionamiento de las prácticas democráticas. También se considerará la apuesta por la voluntad política y el interés ciudadano por la democracia como criterios base para lograr una restauración institucional, reflexiones que apuntan a la pedagogía democrática, la cultura política y la opinión de todos (Greppi 2012), conceptos que a la par convienen ser revisados desde la desigualdad entre gobernados y gobernantes, vistos estos últimos, como los expertos y los portadores del interés público. Desde esa visión, revisaremos la teoría clásica sobre las élites políticas como una matriz liberal de la democracia de partidos y el parlamentarismo, develando particularmente el camino compartido e inevitable de la tendencia oligárquica que engloba al sistema político sin aislar el carácter elitista de los partidos de masa, desde donde surge un nuevo tipo de élite, ideas desarrolladas de la mano de Manin Bernard (2006) y Robert Michels (1996).
Adicionalmente, mencionaremos algunas características de la influencia política en los medios que resultan relevantes en este análisis, destacando las orientaciones políticas en la comunicación y los alcances de los medios en los partidos políticos, trazando estrategias como la personalización y un expansivo proceso comunicacional entre élites (Hallin y Mancini 2007), y por otro lado, conocido el sistema político y mediático marcado por el liberalismo económico y el poder de las élites al interior de estas instituciones, la búsqueda por parte de la teoría de la acción colectiva por la reivindicación de demandas y cambios sociales, aspectos que siguiendo a McAdam, Tarrow y Tilly proceden del conflicto político (Tilly 1998).
Opinión pública: un análisis desde la democracia deliberativa
Cuando se aborda el tema de la opinión pública, la primera constatación es que existen diversas maneras de analizar y enunciar este concepto, lo que conlleva a prestar atención a distintos procesos tanto de producción como de circulación de este fenómeno comunicacional. A partir de ello, hacemos énfasis en la opinión pública asociada a nociones de democracia y el modelo deliberativo, provocando una reflexión alrededor de la incidencia de la opinión en el proceso de decisión, privilegiando la dimensión deliberativa, la participación y el intercambio de información en torno a un conjunto de debates, juicios y opiniones colectivas capaces de favorecer acciones y procedimientos adecuados, que si bien, a nivel de la deliberación, tendrían lugar tanto en la esfera del poder; sean estos sitios, foros o espacios de debate cuyas condiciones radican en ser experiencias organizativas e iniciativas de los poderes públicos, y otros lugares deliberativos como los que incluyen a los espacios públicos y autónomos de la sociedad civil, que en analogía con las relaciones y los intereses particulares que se generan del proceso deliberativo, no estarían exentos de situaciones de exclusión o manipulación, marco sustantivo del cuestionamiento al modelo habermasiano de democracia deliberativa y el ideal de un proceso argumentativo (Suraud 2012), y esta es quizá la razón por la que Suraud centra su ensayo en la vitalidad de la opinión pública con miras en la perspectiva de la democracia deliberativa separada en sentido estricto de la propia acción comunicativa.
Ahora bien, al proponer los apuntalamientos deliberativos, no deja de ser sugerente la elección de un camino próximo a una concepción deliberativa de la democracia y reconsiderar las virtudes del método democrático, prestando mayor atención no al abandono sino a la superación de las estructuras de la llamada democracia burguesa. Precisando los términos es justo decir, siguiendo a Andrea Greppi (2012) que,
"Una democracia en la que no haya rastro de deliberación no es, en realidad, una «democracia» que merezca ese nombre. Solo hay democracia si hay opinión y, a su vez, para que haya opinión (libre) tiene que haber (cierto grado de) deliberación" (Greppi 2012, 140).
Así, según las perspectivas del proceso de democratización establecidas por Greppi (2012), los principios básicos de la democracia serían criterios orientativos a la circulación de opiniones que fomentan una sociedad democrática, sin embargo, más allá de tener en cuenta dichos principios, valdría reflexionar en la complementariedad del proceso, señalando particularmente el papel de los ciudadanos, y adicionalmente, enfatizar en el desajuste y la inconmensurabilidad entre el lenguaje de los ciudadanos y el de quienes tienen en sus manos el poder de decidir, ¿no hablaríamos entonces de una suerte de desigualdad entre ciudadanos y personas?, de ahí que se propone considerar la existencia de una desigualdad social y una igualdad ante la ley, aspectos que recaen en el aumento de espacios de conflictividad, movimientos sociales alternativos al sistema político, una esfera política separada de los ciudadanos, la deseducación y el desinterés por la política.
En este horizonte, tomando en cuenta las reflexiones de Greppi (2012), contar con ciudadanos mínimamente comprometidos con la formación de una esfera pública democrática, daría lugar a una formación de la opinión con resultados ideales esperados, no obstante, convendría precisar en las condiciones para hacer posible que se dé este aspecto en correspondencia con lo que el autor denomina un conjunto de prótesis institucionales (Greppi 2012). En ese sentido, la naturaleza de estas intervenciones se orientan sin duda a una pedagogía democrática que frene a su contraria, es decir, a la deseducación de la cultura política democrática, que entre algunas de sus consecuencias evidenciadas implicaría el acto ciudadano de voto en contra de sus propios intereses o por gobernantes no idóneos para los mismos, argumentación no muy lejana para el análisis de la realidad latinoamericana, hipótesis que se corresponde con lo señalado por Greppi (2012), al afirmar que en un mundo como el nuestro, la capacidad de juicio y la elección responsable de los ciudadanos es frágil e inestable. En esa línea, junto a estas reflexiones y los criterios optimistas de los principios de la democracia de los que da cuenta Greppi, la opinión pública de todos y con un mismo valor, mejoría y facilitaría la incidencia del ciudadano en la toma de decisiones,
"Los principios de organización básicos de las democracias constitucionales han de ser entendidos como herramientas para la formación de una esfera pública y, por tanto, como condiciones para la construcción de una sociedad en la que la opinión de todos y cada uno tenga el mismo valor" (Greppi 2012, 139).
Por otra parte, la legitimación de esta visión de opinión con un mismo valor da lugar a criticas cuando ponemos atención en las distancias existentes entre un ciudadano común, y un ciudadano experto y especializado en la toma de decisiones, o bajo el signo del populismo, con la presencia de un líder visto como autor de milagros inmediatos, no necesariamente lejano del lenguaje de la gente común que aporte a la democratización del conocimiento y de los puntos de vista adoptados y debatidos según intereses de los expertos (Greppi 2012).
Promoción y formación de élites cualificadas
Ahora bien, de la mano de esta lógica dicotómica de opiniones enfrentadas y diferenciadas, incorporamos el concepto de cuerpos intermedios (Greppi 2012), quienes serían los portadores del interés público y legitimados con la promoción de "instituciones que promuevan la formación de una élite de personas cualificadas" (Greppi 2012, 144). Bajo esta visión, se entendería que estas élites gozarían de liderazgo y sensibilidad, en tanto que el espacio representativo escucha e interpreta el interés general asegurando el bienestar, no obstante, a la par de ese relato democratizador optimista, sumamos la versión en la que no se requieren ni de competencias particulares ni de complejidad informativa, lo que nos invita a considerar la educación y la motivación del ciudadano así como la calidad de la agencia y el control, esto último, según Greppi (2012), en función de la disposición de condiciones en las que el ciudadano pueda ejercer al máximo el control sobre sus decisiones y que a la vez faciliten la incidencia del ciudadano en la toma de decisiones, momento clave en el que la comunicación se convierte en una herramienta que contribuye con este propósito, en cuanto superada la concentración monopolista de los saberes expertos y de los procesos de comunicación.
Sin embargo, ante tales argumentos planteados a modo de estrategias que favorecen a la formación de opinión y voz propia dentro del proyecto democratizador, no podemos ignorar y reconocer parte de la matriz liberal y democrática, pensado en el principio de la representación y en las élites, supuestos guardianes que velan por nuestro bien. En ese sentido, desde la teoría clásica de las élites políticas, existe un escenario que separa a las élites minoritarias, de las mayorías, quienes como una fuerza, reclaman más democracia y que "nos permite entender por qué merece la pena resistir a la manipulación populista o tecnocrática de la opinión" (Greppi 2012, 184), sin embargo, conviene mencionar, a partir de las reflexiones del juego de los partidos y la representación parlamentaria, que la mayoría de las organizaciones de masa también son oligarcas y en ese sentidoafirmamos que de las mayorías nacen nuevas élites, o dicho de otra manera, de la lucha de clases se crearían nuevas oligarquías (Michels 1996).
Élites políticas: una revisión conceptual
Desde lo establecido por la teoría clásica, el uso general de esta categoría se vuelve indispensable si con ello pensamos en la falta de líderes; esos hombres adjetivados como buenos guardianes y la vez llamados a dirigir y gobernar a las masas, quienes desde el carácter de la psicología de éstas, establece y describe fenómenos básicos como la manipulación, el contagio, la apelación a emociones, una singularidad mental, así como tan incapaces de querer como de pensar por largo tiempo, con ello decimos desde esta postura, que "las masas siempre adjudican un poder misterioso a la fórmula política o al líder victorioso que momentáneamente ha suscitado su entusiasmo" (Le Bon 1895, 23), adicionalmente, con este panorama la teoría de las élites, afirma que "en toda sociedad la dirección política, administrativa, militar, religiosa, económica y moral es ejercida por una minoría organizada" (Meza 2002, 387), asimismo, estas nociones avanzan hacia horizontes similares, particularmente, con Gaetano Mosca, quien plantea que,
"En todas las sociedades, desde las medianamente desarrolladas, que apenas han llegado a los preámbulos de la civilización, hasta las más cultas y fuertes, existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados" (Mosca 2007, 23).
Ahora bien, pensando en las posibilidades de la movilización de masas comoestrategias que favorezcan a la formación de opinión y la democratización, se imponen realidades como la inmersión en el fatalismo de la élite, es decir el surgimiento de nuevos líderes, de nuevas aristocracias, de una nueva clase selecta y de nuevos expertos, posturas críticas a la teoría marxista, pues se argumenta que la lucha y la circulación de élites es la esencia de la historia (Meza 2002), estas concepciones frenan la versión positiva de las consecuencias por levantamientos populares y el bien del pueblo. No muy distante, y prestando atención a la comunicación, asumimos que, en las sociedades contemporáneas, pese a caracterizarse por ser sociedades de la información y del conocimiento, estas se presentan como asimétricas en el sentido de la opinión de los ciudadanos, pues existe una tendencia a poner la administración de las cosas, también en manos de expertos (Greppi 2012).
Así mismo,dentro de las acepciones planteadas, se pueden incluir muchos de los casos de transición en América Latina, sobretodo en la relación entre calidad de la democracia y sistema de partidos, pues concretamente en el caso ecuatoriano, que puede ser clasificado como de pluralismo extremo, evidenciado en el número de partidos, la fragmentación, los altos índices de volatilidad, entre otros aspectos sujetos a la personalización (Pachano 2008), fenómeno cambiante si miramos las variantes entre 1979 y 2006, sobre todo con el colapso del sistema de partidos remplazado por una nueva clase política que sustituyó esa fragmentación por la concentración; un nuevo partido dominante, una nueva élite política, y además la dependencia de todo el proceso político en una persona, aspecto que se puede incluir dentro de la propuesta clásica de la tendencia a la oligarquía, y más aun admitiendo consecuencias como el descontento de las masas y el derrocamiento de la clase dirigente o de un partido político. Esto sugeriría que en el seno de la masa aparecería necesariamente otra minoría organizada la cual desempeña la función de dicha clase junto a la dirección de un líder carismático y calificado (Mosca 2007 y Michels 1996).
Las élites como tendencia oligárquica
En este contexto, si "la doctrina de que las luchas de clases culminan invariablemente en la creación de una nueva oligarquía que se fusiona con la anterior" (Michels 1996, 38), la democracia adquiere una visión pesimista bajo la luz de la noción michelsiana de "la ley de hierro de la oligarquía", es decir, que con base en esta teoría determinista, todos los líderes de las organizaciones de masa por naturaleza son oligarcas, conservadores y egoístas, tendencias que alcanzan también a los movimientos sociales, versiones críticas si nos apoyamos en la discusión que apunta a que ciertas movilizaciones influyen sobre decisiones políticas, marcando avances significativos en función de una renovación democrática, lo que supone utópico un ideal de democracia con amplitud en la participación de toma de decisiones.
Pero, ¿en qué medida los líderes y las élites políticas se relacionan con la tendencia oligárquica? Esta interrogante puede ser contestado desde una serie de elementos que argumentan los postulados de Michels (1996), a saber, la apatía de las masas, el liderazgo y la organización, los líderes y la prensa, la lucha entre los propios líderes, la burocracia, y el poder financiero de los líderes y del partido, elementos con los que es posible hacer una aproximación a la realidad desde una lectura teórica con la atención en las asimetrías del sistema político latinoamericano.
A modo de ejemplo, destacando el conflicto por el liderazgo y la relación entre líderes y la prensa, vemos con claridad que durante momentos electorales la prensa se convierte en un elemento importante para la conquista del poder por parte de los lideres, pues esta sirve como un medio para difundir fama y popularidad, "utilizan la prensa para atacar directa o indirectamente a sus adversarios, buscando en ello el apoyo de las masas" (Meza, 2002, 401), en este punto también conviene prestar atención a los altos índices de las relaciones existentes entre los medios de comunicación y el sistema político, dando lugar a medios con rasgos de la prensa de partido. Por otro lado, sobre el conflicto por el liderazgo, para Michels, es común la pugna entre líderes ya sea por edad, origen social, principios, celos, y demás motivos que abren la brecha entre líderes, quienes ponen en consideración el peligro de verse obligados a dejar su lugar, sin ignorar en este recorrido teórico del presente ensayo que la "amenaza" en sí, conduce a la formación de una nueva élite. (Michels 1996). En esas condiciones se clausura las opciones de un desarrollo más democrático, sobre todo si pensamos en la concentración de medios en manos de élites económicas y políticas, así como en la concentración del poder en manos de personas particulares quienes históricamente se han encargado de gobernar en función de la voluntad nacional,
"Los líderes partidarios, los tiranos por la gracia de Dios y los usurpadores, los idealistas fanáticos y los egoístas mezquinos y calculadores, todos son ≪el pueblo≫, y todos declaran que, en sus actos, procuran la mera satisfacción de la voluntad nacional" (Michels 1996, 60).
Con lo establecido, la retórica de un supuesto hombre común que guíe al pueblo desde cargos políticos, como un ideal orientado a la desaparición de los notables y de las élites en los parlamentos y en los partidos, goza de críticas como las expuestas por el mismo Michels, pues el teórico, afirmó que aunque los líderes provengan de una clase trabajadora, estos en realidad llevan una vida pequeño burguesa, asegurando nada más que un ascenso en la jerarquía social, así, con base en estas reflexiones, el partido estaría dominado por élites desproletarizadas (Manin 2006), así mismo, atendiendo a la lectura de Bernard Manin (2006) al trabajo de Michels, reforzamos las ideas sobre las élites desde este estudio el cual demuestra que, en el caso de los gobiernos representativos, al estar dominados por los partidos de masas, también en ellos persiste el carácter elitista y la circulación de viejas a nuevas élites.
Sobre el gobierno representativo
En conjunto, siguiendo la concepción de Michels, mencionaremos algunas características del gobierno representativo que resultan relevantes para la presente reflexión, concretamente aquellas nociones propuestas por Manin (2006) sobre los principios del gobierno representativo y los partidos de masas como una nueva y viable forma de representación, sobre todo si enfatizamos en una suerte de incremento en el papel de la voluntad popular en lo que se refiere a los asuntos públicos, a la atención a los programas de gobierno, la ampliación del derecho de sufragio, la elección de representantes, la discusión racional, el ensanchamiento de las opiniones públicas, entre otros aspectos vinculados con un avance de la igualdad marcando una distinción entre el gobierno representativo con base en la democracia de partidos y el parlamentarismo.
Sin embargo, teniendo claro que, en el parlamentarismo, la elección selecciona a los notables, como un tipo de élite, estos se encuentran distantes de la opinión del pueblo como aquella que se expresa en las calles con porcentajes bajos de voluntad política, motivo por el cual "las opiniones de la ciudadanía sobre políticas y asuntos públicos debían encontrar otra vía para manifestarse" (Manin 2006, 250). Ahora bien, señalando a la ya desaparición de los notables, ¿qué sucede cuando los votantes se encuentran de frente a los colores y a la personalización de un partido?, ¿es posible que con este fenómeno se consiga mayor movilización de un electorado ampliado? Como una respuesta a estos interrogantes, Manin, siguiendo a Michel nos dice que "cuando el gobierno representativo llega a ser dominado por partidos de masas, su carácter elitista no desaparece, surge más bien un nuevo tipo de élite" (Manin 2006, 254), a lo que sumamos la opinión pública, con voz de oposición, estructurada y organizada según los partidos y sus prioridades sujetas a la libertad que gozan los partidos, que siguiendo a Manin (2006), tienen opción de no llevar a cabo todos los planes cuando ya están en el poder.
De forma paralela, atendiendo a la personalización en la democracia de partidos, conviene traer a debate el papel de los medios de masas, sobre todo si de creación de personajes mediáticos hablamos, visión que se enmarca en la discusión de la democracia de públicos, de las audiencias y sobre los expertos en medios, aspectos que en concreto identifican y caracterizan a los votantes como consumidores bajo la noción de la opinión orientada y manufacturada desde los medios y los sondeos (Manin 2006), prácticas que hacen referencia a una suerte de artificios opuestos a expresiones u opiniones más auténticas y espontaneas, pretensiones que además nos dan pautas para considerar los vínculos existentes entre el sistema político y el sistema mediático.
La influencia política en los medios
Con lo señalado, consideramos las funciones económicas y políticas de los medios, referencias que condicionan la independencia del ejercicio del periodismo, sobre todo si nos referimos a la limitada neutralidad de los periodistas debido a los valores y orientaciones políticas que se incorporan en su actividad, tal como señalan Hallin y Mancini "ningún analista serio de los medios de comunicación defendería la existencia de un periodismo literalmente neutral en algún lugar del mundo" (Hallin y Mancini 2007, 24), en suma, la prensa seria considerada como una fuerza en la vida política.
Ahora bien, lo que nos interesa señalar en este punto, son las implicaciones de los medios en los partidos políticos, pues, destacamos que los medios de comunicación mediante sus técnicas de representación y creación de audiencias, provoca que los partidos adopten prácticas y técnicas mediáticas como por ejemplo la personalización, perspectivas que tienen más prioridad que el mismo discurso político (Hallin y Mancini 2007), tal como lo dijo Greppi,
"El ciudadano que quiera acceder al espacio público tiene que pasar necesariamente a través del sistema de la comunicación mediática, con lo que eso conlleva. No hay posibilidad de desenchufar el cable, de salirse de los encuadres (frames) hegemónicos" (Greppi 2012, 158)
Así mismo, retomando el concepto de las élites, prestamos atención en la investigación de Hallin y Mancini (2007) sobre la estructura de los medios de comunicación, así, por ejemplo, los autores sostienen que, en el caso del sur de Europa, los periódicos están dirigidos a una pequeña élite, principalmente urbana, culta y activa, sobre todo si miramos los contenidos de los mismos. De forma contraria sucede en el norte de Europa y Norteamérica, en donde la prensa de gran tirada está dirigida a un público de masas, y con un contenido menos político, sin embargo, no descuidamos que "al mismo tiempo puedan desempeñar un papel en el proceso horizontal de comunicación entre élites" (Hallin y Mancini 2007, 20). Con estos puntos de vista, cercanos al clientelismo, los medios de comunicación son vistos como instrumentos de negocios de las élites interesadas en un orden establecido de la sociedad.
Asimismo, cercanos al contexto que nos atañe, con esta argumentación tenemos la posibilidad de pensar en algunas características y procesos históricos de América Latina cuando atendemos a la historia y a la marcada presencia de voces autorizadas en los periódicos, definidos en países poscoloniales como tipos libertadores o héroes, cada una de ellas enmarcadas en las retoricas del desarrollo, en una concepción ideal de nación, la fijación de ideologías y en factores como el mestizaje en estrecha relación con un público pequeño burgués y con las élites, a quienes se dirigen y desde quienes se emite la información, procesos con tendencia a jerarquizaciones sociales, económicas, políticas y discursos dominantes establecidos en las lógicas del mercado y lo considerado normal y funcional según esas élites, no olvidemos además que "los medios de comunicación de masas que administran el consenso quizá no estén gobernados por demonios, pero tampoco por santos o por héroes" (Greppi 2012, 148). En ese sentido, rescatamos algunas características de la historia mediática en América Latina en estos últimos años, como la lógica comercial, el uso de medios como órganos propagadores del discurso gubernamental, la concentración de medios, la centralización de producción de contenidos informativos y de entretenimientos en los puntos urbanos y la poca regulación por parte de los gobiernos, aspectos importantes si atendemos al contexto comunicativo latinoamericano y a los retos existentes orientados a afrontar la comunicación como un proceso social y recuperar el conocimiento empírico en sus tres dimensiones, autóctono, mestizo y popular (Chavero y Oller 2015 y Marques de Melo 2010)
Con todo, si tenemos un sistema de medios permeado por el mercado, y el liberalismo, y un destino inevitable de aparecimiento de nuevas élites y lo que ello implica, ¿cuáles serían las posibilidades políticas y de opinión pública que permitan sustituir el camino marcado por la teoría clásica de las élites? una oportunidad seria traducida en la protesta y en sí, con el conflicto como un aspecto central. Esta tesis emergente destacada por la reflexión en las oportunidades políticas, las estructuras de movilización y los procesos enmarcadores (McAdam, McCarthy y Zald 1999), reviste la importancia de considerar las oportunidades para la acción colectiva en cada contexto. Así, autores como Charles Tilly (1998), reflexionan sobre la disponibilidad de las masas y de los movimientos populares de encontrar una vía para la transformación social, ahora bien, centrándonos en la identificación de los procesos causales que conectan las políticas conflictivas con el cambio social inmerso en el conflicto político, McAdam, Tarrow y Tilly, a modo de síntesis de dicho conflicto y de las condiciones para que los actores desfavorecidos alcancen un éxito reivindicativo en correspondencia con la democratización, apuntan a considerar aspectos primordiales como la vulnerabilidad de las autoridades, contar con un modelo operativo, reconocer aliados y poner en peligro a los actores con interés en mantener el statu quo (Tilly1998). De esta manera, vemos las distintas maneras de estudiar y concebir la democracia, por un lado la lógica de la ley de hierro de la oligarquía, la lógica mediática y también desde el conflicto, con énfasis en la contienda política o interacción episódica y pública con la perspectiva de promover cambios sociales que trasformen la supuesta incapacidad de las masas mencionadas en líneas anteriores hacia un enfoque en el que se provee a las masas de una acción racional que respondan a las élites con miras en la igualdad como elemento matriz de la democratización.
Concluimos...
Finalmente, con este acercamiento a las discusiones sobre la opinión pública y la democracia abordados desde distintos enfoques, ya sea desde los procesos deliberativos, la participación y el intercambio, las estructuras del poder e implicaciones como la exclusión y la pugna por intereses presentes en el ideal de la deliberación tanto desde el modelo habermasiano como de los espacios públicos integrados por la sociedad civil, aspectos con los que se invita a pensar en la vitalidad de la opinión pública desde varias perspectivas, reconsiderando los principios democráticos, la superación de las democracias burguesas y las virtudes de la deliberación, procesos que abarcan cuestiones como el desajuste entre el lenguaje que usan los ciudadanos y la existencia de la desigualdad social entre estos, sobre todo si señalamos el desinterés y la deseducación de ciudadanos respecto a la participación activa en la esfera pública democrática y su incidencia en la toma de decisiones, teorías debatidas para abrir paso al análisis de opiniones enfrentadas dada la concentración de saberes entre quienes son considerados como los expertos y que desde el escenario de las élites políticas nos permite entender un juego entre intereses oligarcas complementado por el destino inevitable del surgimiento de nuevas élites inclusive desde los levantamientos populares, términos que han sido de utilidad para enfocar los postulados de Michels (1996), la tendencia oligárquica y los elementos que hacen posible las asimetrías del sistema político.
Así, se exploró como parte de esas asimetrías el conflicto existente entre líderes, la concentración del poder en manos particulares, y el rol de la prensa, enfatizando en la discusión sobre la personalización y la prensa como fuerza política en función de una comunicación sostenida desde las élites por mantener el statu quo, para finalmente, mencionar a rasgos generales las sugerencias esperanzadoras de las posibilidades políticas de los movimientos sociales que respondan a las teorías clásicas de las élites y al rol político de los medios con objetivos opuestos al condicionamientos de todo lo primero, para mirar hacia la igualdad, la participación y la democratización.
Lista de referencias
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